Tengo una sensación rara.
Siento que las conversaciones banales van pasando a un segundo plano, al menos resuenan en paralelo. Veo cómo crecemos, cómo te haces mayor y cuatro paredes ahora acogen muebles. Cómo crecen las fotos en la pared, una cama se llena de color y los planes a futuro ya no entienden de días ni meses, se vuelven inconcretos. Y me encanta.
Planes sin prisa, pero con ganas. "Pero"s que siempre incluyen un "y", un "nosotros". Propuestas que se vuelven proyectos y ganas que se muestran en ojos entrecerrados y sonrisas. Ya se difuminan día y noche, solo es tiempo, tiempo juntos.
El lazo rojo se ha convertido en una cuerda. Una soga que tira hacia delante, no importa quién vaya primero, cada segundo es un paso más. Hablamos de cosas de mayores y de cómo hacer un CV. De sumar e invertir, de aspiraciones. Y también de jugar y divertirse, de descubrir y probar como si fuéramos niños.
Siento que las aguas se calman, el calor se templa, la energía se dosifica. Creo que al fin es el momento de llamarlo: cotidianidad.