domingo, 8 de diciembre de 2024

Mi sustancia azul

Pínchame que me siento inundado a estas alturas de la noche de aquella sustancia azul que parece no consigo acabar de drenar. Que como la marea del Cantábrico tiene sus momentos más bajos y sus épocas más vivas.

Parece ser que funciona con alguna especie de luna. Llena de cráteres y heridas más o menos cicatrizadas. Que habitúa llevar gafas y le hace a mi sustancia de imán.

Pínchame porque parece ser que no entiendo de tiritas y cicatrices. Que ya te convertí en queloide y te noto cada vez que me rozo la piel.

He probado a extraer un poco y ponerla bajo el microscopio. He compartido mis conclusiones y sigo haciendo anotaciones. He destilado sus porqués entre sábanas, buses y paseos. La siento burbujear cuando suenan ciertas canciones y ni con frío ni calor pierde sus poderes.

Hoy la siento temblada. Como un buen guiso al que se le ha dedicado tiempo y se le ha dejado reposar. Noto en mis recuerdos su reciente ebullición y ando buscando esa jeringa que consiga sacarla y guardarla en un álbum de fotos.

Compañeros de azotea

Siento un deseo irrefrenable con cada tic del reloj. Con cada tac. Un deseo que me nubla la distancia que nos separa distorsionando cada paso e impidiéndome ver si es un kilómetro, un metro, un centímetro. Que late más fuerte a medida que una noche se alarga sea entre dembows o guitarras. Limón o cola.

Siento un deseo que me embriaga y se acentúa embriagado. Que busca las grietas y rendijas que intento negar, pero que tu calor dilatan. Que me da malas resacas y me hace cuestionar si la culpa fue mía por pasarme de líquido o si en realidad tengo resaca de ti.

Siento un deseo que sé que es un espejismo que he de ignorar. Que escucha melodías y se ha hecho fan de ti y tus maneras. Que me hace mal estando bien, y joder qué bien sienta.

Siento un deseo que se olvida de que eres canto de sirena y que aunque hoy me estira el brazo y no te roza, me hace creer que estás cerca. Un deseo que ya sé que hiberna y que tan pronto amenece vuelve a dar guerra en mi cabeza. No espero a que seas el martillo que saque un clavo, sólo espero poder abrazar ese deseo y, al menos, poder darle una cama y asumir que, lo quiera o no, somos compañeros de azotea.