martes, 25 de febrero de 2020

Tiempos, Ritmos y Energías

"Calma", suelen definirme con ese sustantivo con frecuencia. Los comunes lo llamaran "quietud", para los cercanos "reflexión", los más osados: "inacción".
En un mundo cargado de estímulos la respuesta de algunos es institiva y se sueltan dejando fluir sus emociones, se liberan. La pista de baile excede de su madriguera y de cualquier local. Hay gente aplatanada vagueando por las calles y arrastrando los pies, los menos. Quien parece distraído y tropieza hasta con su sombra suele ser sinónimo de acción, de aquella que no se ve a simple vista y que trasciende de las cuenca de los ojos.
Gente con una maraña mental tal que dejan medidos tiempos para poder tener la cabeza en otro mundo, su mundo. Observadores de lo que los rodea y arquitectos de ideas.
Caminar al son de una canción les transporta a un mundo de fantasía, a otra época, a una operación matemática, a una persona. Centrados en "nada" y, a su vez, en todo, su todo.
Qué ocurre cuando la energía ha de ser movimiento aplicado. Cuando sentir es pareja de transmitir y la piel pesa, encadena. Por extraño que parezca liberarse es caminar, la aparemte tranquilidad de la naturaleza es refugio y la música es la llave de la celda.
Una estructura ósea colocada, una firmeza muscular heredada, un reo de barrotes a fuera. Cuán complicado es verlo desde fuera y cuánto mostrarlo desde dentro.
Pararse puede ser respirar, pero también desarrollar una idea. El silencio puede ser el la liberación de uno mismo o la lápida de un eco. 
Hay quien necesita una terra y cerveza fría para frenar su agitado día. Otros sumergirse entre praderas, bosques o bajo el mar. Ponerse frente a un micro, abrir un cuaderno en blanco. Disfrutar de estar.

Conocerse. Medirse. Y en definitiva para qué. Dar un vuelco y actuar. Dejar de ser uno mismo sin hacerlo. Jugar con tus ritmos y energías, disfrutar de las de los demás.

lunes, 3 de febrero de 2020

Siete días dividen las primeras dos páginas

Curiosa semana de rutinario final. Comenzar con una visita inesperada siempre es un lujo. Con un agujero cargado de familia de aquí y de allá, ya sin importar el apellido.
Semana con banda sonora de guerra, de alzamiento militar y amor complicado entre un joven nómada y una afable pastelera. Gracias a una mujer al piano, a sus flautas, a sus cuerdad. A un puñado de suecos que sin duda me harán reír y llorar en apenas unos días.
Decía Petty que estaba aprendiendo a volar y que volver a descender siempre lo más complicado cuando empezaste sin alas. Qué razón tenía hace ya un par de años y cómo su mensaje ha virado haciéndose más propio si cabe.

Siete días que huelen a chocolate y horno de leña, a ginebra, cerveza y niebla de pasarela.
Quién queda cuando el teléfono no suena, cuando la cortesía supera al corazón, cuando una sonrisa no es más que una mueca en un mundo falso donde el susurro tiene más realidad que un canto a pleno pulmón. Vuelve el elefante, el Ebro apenas suena, unad barbas se apuntan a un bombardeo y la litera de arriba se deja entrever un poco más.

Sentado ante una pantalla, o incluso tumbado frente a una segunda, las horas pasan y la luz apenas varía. Por suerte la rutina no pesa y cada poco llega un descubrimiento. Tapetes a doscientas monedas, producto caro de pantera, la voz de Mel Gibson a primera escucha.
Sé que me rodea un universo de caretas, de cartera llena que calza a la derecha y en el que no acabo de encajar. Cada fila cuadriculada es una incógnita en este panal de hierro y vidrio y aunque por el puño de Ulises no pase mañana y los cantos de musas no se dejen oír; que grato es salir de una nube que ahora veo partir sobre mí.