domingo, 29 de septiembre de 2013

Un eco entre la lluvia.

Llueve.
Llueven lágrimas. Tristeza. Soledad.
A veces sisea un viento, alguna palabra. Pocas, no hay fuerzas, no hay ganas.
Alguien, ingenuo se opone a la lluvia y esta le responde con un gran trueno. Un grito, un portazo, una mala cara.
La lluvia llora, y se hace hombre. Se planta solo en medio de la calle, de noche, alumbrado por una tenue luz, la suya, la que le queda.
Grita, grita hasta que no puede más. Todos los día, todas las noches.
Se va cansando de gritar, se va quedando sin voz. No le queda otra que beber de la lluvia, de sus lágrimas para volver a gritar de nuevo.
De pronto, y al borde de marcharse de una vez y abandonarlo todo, pega un último grito.
-¿Y ese sonido?
Un susurro, leve. Vuelve a gritar y de nuevo lo oye. Viene de lejos y se va acercando. ¿Un eco? ¿Ahora? ¿Una respuesta? ¿Alguien le ha oído?
¿Pero quién?
Una pequeña luz surge de lejos, de menor tamaño pero algo más de intensidad.
Se va acercando hasta llegar a él.
Una figura de mujer, pequeña, dulce.
Ambos caen uno sobre el otro y se sujetan entre sí.
Llegó en el momento justo y necesario. Ambos abrazados.
Y entonces, dejó de llover.

jueves, 26 de septiembre de 2013

¿A(L)mas?

Un olor que crees ya haber olido.
Un abrazo que crees ya haber recibido.
Un beso que siempre quisiste volver a recibir.
¿Almas gemelas? Y si todo eso que ves de repente, que conoces de la nada y sientes que ya lo has vivido, que es tu hogar, que te acoge.
Y si flotaste una vez y rozaste sin querer y ahora lo vuelves a sentir.
Se te oprime el pecho cada vez que estás a su lado. Igual es tu alma llamándote desde dentro y recordándote: eh, que sí, que es ella, tu alma gemela.
¿Puede amarse un alma gemela? ¿Puede amarse a uno mismo?
No creía en estas cosas hasta que no pasó a mi lado y me tocó. Lo hizo con su mirada. Su mirada. Dice que es la mejor, la que dice que es lo único que le caracteriza.
Pobre ingenua.
Miras a la gente y dices: ¿pero qué harán juntos? o te dicen: ¿ella?
Pues sí. ¿Y si lo es que?
Puede que no veamos almas gemelas hasta que no tenemos a la nuestra de frente.
No se si existen pero por ahora una me ha rozado, se ha posado en carne y no la pienso dejar de mirar.

martes, 24 de septiembre de 2013

Del aleatorio de mi ipod a ti

Espera el momento. No sabes cuando tu reproductor que vive en aleatorio pinchara una nueva canción.
Suena una guitarra de fondo y al ritmo de un coro redobla una batería.
Un sintetizador marca el ritmo y suena una voz.
Avanza la canción y el ambiente se va cargando, se prevee un reventón.
La guitarra hace acto de presencia en tonos agudos mientras marca el ritmo.
Se detiene todo, se queda un piano solo.
Vuelve el ritmo a redoble de batería y cuando va a explotar se vuelve a detener.
El baterista no puede parar, hace cabalgar su batería mientras el cantante grita.
Y esque siempre habrá monentos de bajón, más melódicos y otros quedaran pausados que parece que transcurren a cámara lenta.
Dan ganas de gritar, chillar y mandarlo todo a la mierda.
Se suplica un hoy constante.
No más gritos al aire ni suplicas de vivir el presente. No hacen falta, se hacen realidad gracias a ti, que consigues alegrarme y alzarme cada día.
Allí.
Arriba en ti, cielo. Up in the air.
Gracias.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Un simple papel puede cambiar una vida.

Un día te despiertas y ves que tu vida es una mierda. Tienes exámenes, no solo académicos, hablas con gente con miedo a que se vayan y al qué diran.
Ves un papelito en tu mesilla que te dice: "chico, hoy va a ser una gran noche". Te promete que puedes cambiar lo lógico, que en vez de beber hasta reventar celebrando ¿las fiestas de la ciudad o simplemente un nada, un no motivo para beber hasta reventar un día más? puedes ir a algo alternativo.
Disfrutar de la música que te gusta aunque sea alejado de la fiesta popular, mejor.
Entonces a tu alrededor ves a todos de negro, sientes que el ambiente comienza a surgir y ves que lo que te prometió el papel llega.
Entonces surge de entre la multitud un pañuelo rojo en la cabeza, a media altura y detrás de otros tantos.
No lo ves llegar. Es una mancha negra más entre tantas.
Entonces la noche acaba con un "luego nos vemos" (que no llegó).
La semana avanza y las noticias buenas comienzan. Tu vida avanza una etapa con gente nueva y parece que pinta bien, superas un examen que llevas años preparando y ¿podría ir mejor?
Sí, el pañuelo rojo ondea y lo ves acercarse a tu lado. No sabes si pasará de largo.
Entonces paras el viento para que caiga a tu lado y él te promete que se clavará a tus pies y se quedará ahí.
No puedes decirle que no. Llegó de la nada. Pequeño, pero enorme en su interior y precioso en el exterior. Te mira como si no hubiera un mañana y a su vez te promete uno a su lado. Tú intentas hacer lo mismo.
No sé si mi vida se ha iluminado, sólo sé que ahora ondea un pañuelo rojo a mi lado y el cual no pienso dejar volar y que no importa el qué diran porque la vida ahora la escribimos nosotros, no ellos.

martes, 3 de septiembre de 2013

Uno más sentado.

Y entonces entré y le vi. Ahí estaba, sentado en aquella silla vieja. No era una silla fuera de lo común de hecho, era exactamente igual que las de su alrededor, o al menos lo era cuando se sentó el primer día de apertura; pero era la suya.
Estaba sentado bebiendo su café, solo con hielo, como siempre. Al lado migajas resto de una magdalena que había pedido para desayunar.
Como siempre.
Leía un pequeño libro, posiblemente de algún filósofo o algún escritor del siglo pasado.
Tenía el dinero preparado, pues ya sabía lo que le iba a costar fruto de la rutina.
Entonces sacó un pequeño papel y comenzó a escribir. Desde mi asiento se podía ver vagamente qe comenzaba por una frase corta y continuaba en tres o cuatro párrafos.
Posiblemente una carta.
Tachó un par de cosas.
Entonces entró una mujer, él se levantó y pidió un whiskey. Pago en el acto y volvió a su asiento, dió la vuelta a la hoja y continuó escribiendo.
Curiosamente estaba estructurando la segunda cara igual que la primera.
Una vez acabado el whiskey se levantó y fue a hablar con el hombre de la barra, el cual hizo un extraño gesto y posteriormente asintió. Entonces se acercó a la señorita sentada a un par de mesas de distancia y ésta le dio un mechero.
Fue a su sitio.
Se sentó agarró el papel, encendió el mechero, lo prendió y se quedo mirando como se consumia mientras lo sujetaba con la mano. Cuando ya casi iba a quemarse los dedos sopló y lo apagó, se levantó, le devolvió el mechero a la mujer, se puso sus auriculares y salió por la puerta.