lunes, 26 de mayo de 2025

Piedras

Siempre me han fascinado cómo los recuerdos se almacenan como piedras en un camino. Más grandes o más pequeñas. Legibles, audibles, palpables...

Algunas las cargamos en nuestra mochila solo unos minutos, otras durante meses o años. Algunas son pequeñas y prácticamente podrían colgarse de una arandela y en una de las cremalleras, otras pesan tanto que, si no estás fuerte, te lastran. Lo curioso es que que caigan al suelo no quiere decir que no las vayas a volver a ver.

Igual el propio camino te hace trampas, igual la casualidad o la patada de alguien que viene por detrás las impulsa y vuelve a poner a tu lado. Pequeños recuerdos con los que te topas de nuevo y te recuerdan ese momento, esa persona, ese lugar. Quizá una piedra que fue pintada por dos y que está repleta de canciones comunes, quizá tiene tallado un instante robado o quizá símplemente lleva un nombre escrito.

La pregunta es: ¿las devuelvo a la mochila y que me acompañen unos minutos más o les dedico solo una mirada y las vuelvo a dejar atrás? Cuidado con reencariñarse.

domingo, 25 de mayo de 2025

Un mensaje en una botella

Cuando Sting, bien desesperado, aguardaba a que alguien recogiera su botella, seguro que era incapaz de definir la mano que la sostendría y abriría para que su mensaje pudiera ser leído. Tamaño, color, moteada, cuidada, joven... o, incluso, tatuada.

Sólo pedía que alguien lo recogiera, dedicara su tiempo en escucharlo y lo salvara.

Lo que seguro no tenía en mente es que la frustración de navegar solo, podía hacerse en aguas tranquilas. Y lo que seguro ocurriría es que quien acudiera a su llamada lo haría con aires frescos, nuevos y acompañada por un oleaje que sacudiría su embarcación. Pero eso no implicaba un resultado que cumpliera su deseo al 100%. Puede que no decidiera subirse a su barca al acercarse y todo quedara en una sacudida.

Un momento que, con suerte, le regalaría una o varias resacas lo días posteriores. Que rugiría con fuerza y haría que músicas nuevas o viejas envolvieran el momento y camuflaran, si es que eso era posible, una incasable y dulce voz. Quizá podría quedar inmortalizado en una foto. O, incluso, le marcaría esa mano que ambos se tenderían de primeras. Cual pulsera, un lazo propio de un regalo o una cicatriz, quién sabe.

Si aquel pasaje de ida que mandó en su botella incluía estancia, lo desconocía. Ya te digo, a ti que lees o escuchas, que por primera vez intentaría averiguarlo y pelearía porque la inesperada visita se subiera a su barca.


sábado, 3 de mayo de 2025

Un castillo en el que nadie sabe nada

Siento que voy construyendo un castillo a mi alrededor con paredes de vinilo y papel. Con madera, seis cuerdas, un teclado y una pantalla luminosa.

Lo que algunos llamaron de ladrillos yo lo siento como una cárcel. Una cárcel mental cargada de recuerdos.

No me llena nada. No me ilusiona nada. Todo lo que acoje este blanco palomar me sostiene, pero no me aúpa y no tengo claro si cada día estoy ligeramente más abajo.

Si este suelo o red se está resbalando. No sé si es el peso de la rutina, la falta de compañía, de un simple buen viaje, pero ni un puente es un descanso.

Siento decorar este castillo, que cada vez se vuelve más estrecho, con historias cantadas o escritas por otros y me reconcome la culpa si es fruto del ocio o del capricho. Si sí, me llenan, pero, ¿me ayudan? Obvio me gustan, obvio me dan placer y disfrute y siento que no es fastfood, pero cada vez esto se estrecha más y mis pensamientos y dudas tardan menos en volver porque rebotan antes en estas estrechas paredes.

Ya no da tiempo ni al eco y, por suerte, no hay más carencias que excesos. Sé que ellos sí convertirían este castillo cuadrado en una jaula de infinita espiral. Qué pertinente que la pareja de voces que más se escuchan día y noche no dejen de decir: Nadie Sabe Nada.