Semana con banda sonora de guerra, de alzamiento militar y amor complicado entre un joven nómada y una afable pastelera. Gracias a una mujer al piano, a sus flautas, a sus cuerdad. A un puñado de suecos que sin duda me harán reír y llorar en apenas unos días.
Decía Petty que estaba aprendiendo a volar y que volver a descender siempre lo más complicado cuando empezaste sin alas. Qué razón tenía hace ya un par de años y cómo su mensaje ha virado haciéndose más propio si cabe.
Siete días que huelen a chocolate y horno de leña, a ginebra, cerveza y niebla de pasarela.
Quién queda cuando el teléfono no suena, cuando la cortesía supera al corazón, cuando una sonrisa no es más que una mueca en un mundo falso donde el susurro tiene más realidad que un canto a pleno pulmón. Vuelve el elefante, el Ebro apenas suena, unad barbas se apuntan a un bombardeo y la litera de arriba se deja entrever un poco más.
Sentado ante una pantalla, o incluso tumbado frente a una segunda, las horas pasan y la luz apenas varía. Por suerte la rutina no pesa y cada poco llega un descubrimiento. Tapetes a doscientas monedas, producto caro de pantera, la voz de Mel Gibson a primera escucha.
Sé que me rodea un universo de caretas, de cartera llena que calza a la derecha y en el que no acabo de encajar. Cada fila cuadriculada es una incógnita en este panal de hierro y vidrio y aunque por el puño de Ulises no pase mañana y los cantos de musas no se dejen oír; que grato es salir de una nube que ahora veo partir sobre mí.
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