Caminaba por la playa. De noche. Sentía la fría arena entre los dedos de sus pies y de vez en cuando las olas o apenas su espuma rozaba sus tobillos.
Llevaba horas, o eso le parecía, caminando de lado a lado mientras el tiempo pasaba lento. Pero el no se detenía, no se cansaba, debía pensar. Sumido en la oscuridad plena a causa del cielo nublado se comía la cabeza entre recuerdos pasados.
Estaba llegando al final de lo que pretendía él que fuera su última pasada. Tocó el muro y sintió el frío de su piedra. Se paró y resopló.
Continuó caminando.
Sabía que no le valía la pena caminar más, pensar más.
Se golpeó con una piedra y comenzó a sangrar, arrodillado.
Tras levantar la vista, una silueta.
Femenina, no muy alta, y aún a contraluz de la luna apreciable por sus anchas caderas. Lo primero que vió quizás, algo que le hizo mirar. Al pasar a su lado se tropezó de nuevo y sangrando llegó al final de la playa.
Volvió a tocar el frío muro, esta vez del otro lado de la playa, resopló.
Tras un rato parado comenzó a caminar, de nuevo pegado a la costa. No sabía por qué, pues le dolía mucho los pies a causa de sus tropiezos, de su distración tras ver tal figura en la noche y su consiguiente dolor. Pero se dedicó a dar un paso tras otro.
La figura volvía y poco a poco la pequeña caderona iba cogiendo nitidez y color. Algo les hizo detenerse y algo sacó de la tenue luz de la luna de una noche nublada, la luz sufiente como para que entre ellos mismos se deslumbraran.
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