domingo, 18 de mayo de 2014

A 8:00 meses del primer compás

Una melodía a dos voces no deja de ser una obra. Común, perdurable e interpretable por su creador durante un tiempo.
Un piano, una guitarra. Acompañamiento, ritmo, colchón el uno del otro. Cuando uno hace un solo, destaca entre notas agudas cargadas de felicidad o de rabia en tonalidades bajas.
No puede despegarse uno a tempos melancólico sin que el otro adapte su ritmo. Algunos músicos no necesitan ni mirarse para saber cuando van a cambiar. Otros no acaban poniéndose de acuerdo y en el momento oportuno alguno no entra cuando deben. Se suceden fallos, errores propios de cada uno que estropean la obra, y al final hay que parar.

Dos músicos pueden tocar juntos sin importar hasta qué punto cada uno es bueno. Y puede salir bien. No importa el estilo, aunque sí un poco los gustos para que al acabar la obra, al interpretar tal increíble final, deseado ya que sino no sería final, sino error acumulado que acaba en silencio mutuo, se den cuenta del trabajo bien hecho.

Se formarán callos, doloros quizás, pero positivos para seguir tocando cada vez más y mejor.

Si el tempo es demasiado rápido y no están unidos alguno caera y a veces no consigue reengancharse. Y demasiado lento puede ser monótono. Debe ser natural, incluyendo ambas cosas.

Algunos músicos, artistas del tiempo, de la vida, no necesitan ensayar; solo sentarse al lado el uno del otro y no acabar hasta que la obra acabe por sí sola y ellos la interpreten hasta el final.

Anda que si llegamos a ensayarlo seguro que no nos sale, eh pianista?

Enseñandonos a cada día, a cada compás desde que hace 8 meses nos subimos juntos a un escenario y comenzamos a tocar juntos. Lejos queda ya la Clave de Sol de esta pequeña gran obra, pero más aún las dos barras del final de nuestra partitura a puño y corazón.

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