Tejido, músculo o cuerpo latente. Es una parte de nosotros que sufre, duele.
Vive de los abrazos, del cariño.
Es capaz de resisitir arañazos y alguna puñalada. Puede soportar varias mas no puede no recirbir abrazos.
Pero poco a poco, con el paso del tiempo y la ausencia de abrazos se va marchitando, apagando, consumiendo. Va cogiendo un color negruzco y sombrío fruto de la falta de flujo sanguíneo.
Sí, ese flujo que se aviva al sentir cercanía, al ver a alguien, recibir una sonrisa y un brillo en los ojos, al recibir amor.
Se va quedando mustio, va hibernando dispuesto a despertar a la mínima (o no) necesidad.
Pero aunque es capaz de hibernar no está diseñado para eso. No soporta el frío y va muriendo, congelado, solo en la nada de la soledad. Sin abrazos. Sin cariño.
Y desde su fría cueva, su iglú del ártico, ve las llamas, hogueras y fogatas de otros que consiguen mantenerse avivados, ardientes, queridos.
Se sentará a observar, a contemplar y velar porque esas luces no se apaguen. Quizás abrace de vez en cuando, pero seguirá engreciendo (y no precisamente a causa del excesivo calor de algún otro próximo) hasta que, si el frío no lo lleva, algún otro visite su iglú y permanezca a su lado.
(Al menos en eso confía)
domingo, 7 de julio de 2013
Corazones en el ártico
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