A veces se busca un libro concreto cuando vas a una librería, otras veces lo encuentras en la zona de ofertas; parece que son despojos que nadie quiere, otras veces son fruto de recomendaciones.
La casualidad se da cuando parece que te lo encuentras por la calle, cuando lo encuentras de repente y, he de confesar, que son los mejores.
Uno grande es difícil, mucho dibujo y poco contenido. Pero los más difíciles son los pequeños, retienen más intensamente sus palabras y lo hacen más profundamente.
A mí se me presentó y me dejó leer de sí casi sin preguntar. Entrar a su relato, a su historia, hasta el punto de verte escribiéndola también desde más de cinco meses. Al parecer se intentó abrir varias veces y apenas se consiguió, al parecer conseguirlo no es tan fácil, es de tapa dura.
Aparentemente fría, indoblable, ni bajo la lluvia se reblandece.
He de decir que comencé a leer ese libro y estoy enganchado y no lo dejaré hasta que no lo acabe.
Se ve desgastado, apaleado, reprimido, encogido, ha padecido y sufrido pero no por ello no merece un hueco en una estantería vacía, un lector diario que le dedique tiempo.
No opinan como yo, quizás la culpa es mía, debería llamarme egoísta. Egoíst por luchar por lo que más quiero, con lo que más disfruto; el placer de su lectura y lo que forma su boca y acompaña una carcajada.
A veces no hace falta buscar esa sonrisa, única, sino un apoyo, un hombro, compañía, un abrazo. Un hueco en una estantería.
No hace falta dar razones sino acciones y antes de que pienses la palabra, a ti.
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