Sólo pedía que alguien lo recogiera, dedicara su tiempo en escucharlo y lo salvara.
Lo que seguro no tenía en mente es que la frustración de navegar solo, podía hacerse en aguas tranquilas. Y lo que seguro ocurriría es que quien acudiera a su llamada lo haría con aires frescos, nuevos y acompañada por un oleaje que sacudiría su embarcación. Pero eso no implicaba un resultado que cumpliera su deseo al 100%. Puede que no decidiera subirse a su barca al acercarse y todo quedara en una sacudida.
Un momento que, con suerte, le regalaría una o varias resacas lo días posteriores. Que rugiría con fuerza y haría que músicas nuevas o viejas envolvieran el momento y camuflaran, si es que eso era posible, una incasable y dulce voz. Quizá podría quedar inmortalizado en una foto. O, incluso, le marcaría esa mano que ambos se tenderían de primeras. Cual pulsera, un lazo propio de un regalo o una cicatriz, quién sabe.
Si aquel pasaje de ida que mandó en su botella incluía estancia, lo desconocía. Ya te digo, a ti que lees o escuchas, que por primera vez intentaría averiguarlo y pelearía porque la inesperada visita se subiera a su barca.
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