Siempre me han fascinado cómo los recuerdos se almacenan como piedras en un camino. Más grandes o más pequeñas. Legibles, audibles, palpables...
Algunas las cargamos en nuestra mochila solo unos minutos, otras durante meses o años. Algunas son pequeñas y prácticamente podrían colgarse de una arandela y en una de las cremalleras, otras pesan tanto que, si no estás fuerte, te lastran. Lo curioso es que que caigan al suelo no quiere decir que no las vayas a volver a ver.
Igual el propio camino te hace trampas, igual la casualidad o la patada de alguien que viene por detrás las impulsa y vuelve a poner a tu lado. Pequeños recuerdos con los que te topas de nuevo y te recuerdan ese momento, esa persona, ese lugar. Quizá una piedra que fue pintada por dos y que está repleta de canciones comunes, quizá tiene tallado un instante robado o quizá símplemente lleva un nombre escrito.
La pregunta es: ¿las devuelvo a la mochila y que me acompañen unos minutos más o les dedico solo una mirada y las vuelvo a dejar atrás? Cuidado con reencariñarse.
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