Lo que algunos llamaron de ladrillos yo lo siento como una cárcel. Una cárcel mental cargada de recuerdos.
No me llena nada. No me ilusiona nada. Todo lo que acoje este blanco palomar me sostiene, pero no me aúpa y no tengo claro si cada día estoy ligeramente más abajo.
Si este suelo o red se está resbalando. No sé si es el peso de la rutina, la falta de compañía, de un simple buen viaje, pero ni un puente es un descanso.
Siento decorar este castillo, que cada vez se vuelve más estrecho, con historias cantadas o escritas por otros y me reconcome la culpa si es fruto del ocio o del capricho. Si sí, me llenan, pero, ¿me ayudan? Obvio me gustan, obvio me dan placer y disfrute y siento que no es fastfood, pero cada vez esto se estrecha más y mis pensamientos y dudas tardan menos en volver porque rebotan antes en estas estrechas paredes.
Ya no da tiempo ni al eco y, por suerte, no hay más carencias que excesos. Sé que ellos sí convertirían este castillo cuadrado en una jaula de infinita espiral. Qué pertinente que la pareja de voces que más se escuchan día y noche no dejen de decir: Nadie Sabe Nada.
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